WWW

agosto 23, 2008 at 5:35 pm (5. WWW)

Cuando comenzamos este recorrido cronológico por el término hipertexto, ya advertimos que nos moveríamos en un terreno movedizo, el terreno propio de una noción vinculada a un determinado desarrollo tecnológico en constante evolución, que pretende ser atrapada en los límites de un término acuñado en los años sesenta. A lo largo de estas páginas nos ha interesado analizar el porqué del éxito del término hasta nuestros días y, después de nuestras investigaciones, podemos concluir que este éxito tiene que ver con su capacidad para hacer cristalizar en él un viejo anhelo del pensamiento científico secularizado, un anhelo que atraviesa transversalmente toda disciplina académica basada en la optimización de una racionalización finalista: el de alcanzar un sistema de gestión de la información que facilitara al máximo la exploración del universo textual y el intercambio de documentos entre los seres humanos. Así mismo, no podemos dejar de advertir cómo buena parte del material bibliográfico que ha asumido su estudio (sobre todo aquel que, como nosotros, se ha interesado por las implicaciones literarias que despertaba), ha limitado la percepción del hipertexto al plano de su novedosa gestión de la información y su sistema de exploración del documento, dejando de lado esa otra parcela que tiene que ver con el libre intercambio de información. Esta tendencia se ve claramente ilustrada en el trabajo de recopilación de definiciones de hipertexto que ofrece la profesora Adelaide Bianchini de la Universidad Simón Bolívar de Venezuela, dónde observamos que casi todas las definiciones posteriores a los pioneros Vannevar Bush y Ted Nelson, hacen hincapié en los modelos de disposición y exploración de los documentos pero no en su capacidad comunicadora. Solo la definición de Janet Fiderio , directora de publicaciones del Antioch New England Institute, interesada en los sistemas de investigación y trabajo colaborativo, incorpora en su definición de hipertexto esa faceta comunicativa con la que soñaron sus predecesores.
Es cierto que las innovaciones en la estructura del texto, con la ruptura de la linealidad, con la posibilidad de realizar un recorrido ergódico por la obra literaria… son nociones tan atractivas que por sí mismas justifican el interés de buena parte de la crítica, pero también creemos que en el olvido del componente comunicativo del hipertexto ha influido indebidamente una determinada versión del hipertexto que atendía quizás más a sus posibilidades comerciales que a la idea originaria de sus fundadores.
Nos referimos por supuesto a los sistemas pre-Web, de los que hablamos en capítulos anteriores. Sistemas que producían objetos electrónicos aislados, incomunicados con el resto del mundo, concebidos como obras finitas en las que el lector tiene un papel muy activo en su recepción, pero que se agota en cuanto ha terminado de explorar la totalidad de las lexías. Obras, en definitiva, que hacen alarde de un soporte tecnológico avanzadísimo, en el que pueden desarrollarse con facilidad organizaciones complejas del material literario, pero que como tales, no incorporan ninguna novedad que no apareciera ya antes en Borges o en los libros juveniles de “elige tu propia aventura”.
El rápido e incontrolable desarrollo de la Web, quizás lo polémico de sus contenidos, el desastre financiero de las famosas “punto com”, su temprana y pingüe aplicación comercial… son quizás elementos que han mantenido a los sectores más conservadores de la crítica escépticos ante el valor de la profunda intrusión de la Red en nuestras sociedades. Al fin y al cabo se trata de una tecnología muy reciente (desarrollada mayormente durante los años noventa) y los recelos y precauciones ante cualquier invento novedoso son totalmente razonables en el mundo plagado de falsas necesidades en el que vivimos. Pero los años pasan y el argumento de la “tecnología en pañales” se agota. Llegados a este punto de la historia y de mi trabajo, me veo en la obligación de posicionarme con respecto a esta cuestión, sobre todo teniendo en cuenta los últimos avances en la Web con sus sugerentes aplicaciones literarias. Y debo decir que la Web, por su explotación inteligente del recurso Internet, me parece no solo el sistema más interesante de publicación de hipertexto, sino además, la razón misma por la que hoy estamos hablando de ese mismo concepto.
Para ilustrar esta postura nos centraremos en dos momentos que consideramos clave para cifrar el verdadero valor de la Web: sus orígenes y desarrollo, que nos revelarán el propósito primero de la Web, su filosofía inicial y la manera en que estos principios han reaccionado a la evolución social y tecnológica del medio; y su redescubrimiento en el nuevo milenio, que nos conduce a la reflexión de la crucial importancia que el hipertexto está teniendo y sin duda tendrá en los estudios literarios.

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