PIONEROS

agosto 23, 2008 at 5:46 pm (1. PIONEROS)

“Hipertexto” es una palabra fetiche para toda comunidad crítica que se haya aproximado al fenómeno de la digitalización de la escritura. Es un clásico. Tiene resonancias futuristas… pero del futuro pasado, aquel de finales de los años setenta, tan presente ahora con toda esta profusión de pastiche, entre perverso y nostálgico, que aborda nuestros sentidos desde el púlpito mediático (Lyon, David, 1996, 170) . Hasta en eso es un término postmoderno. Y como una copia de copias, como una reproducción falaz, la palabra “hipertexto” se trata de una mera carcasa con un contenido inalcanzable que solamente podemos atisbar otorgándole significados “diferentes” en esencia a él mismo. Como el “texto” y por extensión el “mundo” del que nos habló Derrida.
Si hay algo que evidencie con claridad la naturaleza convencional del lenguaje y su incapacidad para describir por sí mismo la realidad exterior, esto es un término nuevo que pretenda aprehender una realidad probable, potencial, o en constante cambio. Al término “hipertexto”, acuñado en los años sesenta, se le han tenido que añadir y quitar cualidades y atributos según ha ido evolucionando el panorama tecnológico. No obstante, nos parece interesante seguir la pista del término a lo largo de su breve historia sin un ímpetu totalizador ni exhaustivo en la cronología.
Conscientes de la incapacidad del término para abarcar y fijar el concepto, nos fijaremos en el significante mismo, en su visibilidad en el entorno académico y en su evolución, como quien indaga los diferentes impactos emocionales que a lo largo de las épocas ha causado un mismo término poético.
La historia del hipertexto es también un clásico. Desde que Gorge P. Landow pusiera de moda la crítica hipertextual a principios de los noventa con la publicación de Hypertext: The Convergence of Contemporary Critical Theory and Technology, todos los autores la han relatado con muy pocas alteraciones. Muchos y con muy buen criterio han aportado y, por supuesto publicado gratuitamente en Internet, sus inquisiciones como es el caso de la indispensable María Jesús Lamarca Lapuente y su historia del hipertexto . Simplemente me remito a ellos para la consulta de una cronología detallada. Sí quisiera, no obstante, subrayar que esta “historia oficial” del hipertexto obtiene su éxito de la apasionante fuente a la que remite. Una fuente de escasa relevancia científica para la creación de Internet pero que se ha incorporado definitivamente a la historia de este medio. Este hecho nos parece revelador de cómo la historia, por muy académica que sea, y con ella las demás disciplinas humanísticas basadas en la mediación del lenguaje, al igual que éste, no dejarán nunca de ser un juego entre humanos plagado de humor y guiños.
La fuente remota de la que hablamos es el artículo de 1945 As we May Think de Vannervar Bush y su Memex, publicado en la revista Athlantic Monthtly .
El documento de Vannevar Bush no ha sido indispensable para el desarrollo de la informática ni mucho menos está en la base de ningún estudio científico a cerca de Internet, pero los inextricables senderos de la historia han querido que este matemático estadounidense nacido a finales del siglo XIX, se encuentre ahora en boca de todos los que nos acercamos a las más modernas técnicas de la información. Su logro no es científico; aunque trabajaba en sistemas embrionarios de computadoras, los auténticos logros de la informática han sido los enderezados a la sustitución del paradigma analógico por el digital, y no a la mecanización exasperada de sistemas analógicos como hace Bush. Su logro es casi del orden de lo literario. Su relato es estupendo desde el punto de vista de la ficción. Pasados los cincuenta años más convulsos en materia tecnológica de la historia de la humanidad, no solo su propuesta idealista y fantasiosa ha terminado coincidiendo con la más pedestre realidad, sino que incluso el modelo de relato, ha terminado coincidiendo con un subgénero de la ciencia-ficción muy característico de la postmodernidad (Lyon, David 1996: 170).
La refundición y la mescolanza imperativas en las últimas décadas del siglo XX han dado lugar a una ingente variedad de estéticas basadas muchas veces en la fusión de géneros. El “steampunk”, se trata de un subgénero de la ciencia-ficción que plantea una realidad alternativa en la que no se hubiera dado la digitalización de la tecnología. Suele ambientarse en la Inglaterra victoriana y los artefactos tecnológicos son tan versátiles como los nuestros pero basados en la motorización a vapor, los engranajes, los triodos y las computadoras de tarjetas. La novela The Different Engine de William Gibson y Bruce Sterling de 1990, inspirada en la máquina del mismo nombre que proyectó Charles Babbage en 1822 para la Royal Astronomical society, ejemplifica muy bien este tipo de historias sobre realidades alternativas. El propio Vannevar Bush habla de esta “máquina aritmética” proyectada por Babbage en Cómo podríamos pensar (2001: 23).

Primer computador de Charles Babbage

Primer computador de Charles Babbage

También ha tenido gran visibilidad este subgénero (que a veces se limita a una estética) en el cine, la animación, el mundo del cómic y los videojuegos. Por citar un ejemplo reconocible de cada medio véase: Regreso al futuro III, la película de 1985 producida por Seteven Spielberg; The Wild Wild West, serie de televisión de finales de los sesenta de la que vimos una versión cinematográfica protagonizada por Will Smith en 1999 dónde se enfatizaba enormemente, gracias a la infografía, la estética “steampunk”; la conocida serie de dibujos Sherlock Holmes de Hayao Miyazaki, Tatsuo Hayakawa; el cómic que realizaran en 2003 para DC Alan Moore y Kevin O’Neal titulado La liga de los Hombres Extaordinarios y algunas de las entregas del exitoso videojuego Final Fantasy producido por la compañía japonesa Square Enix, que también utilizan el código estético del “steampunk”.

Pues bien, el relato de Vannevar Bush, en 1945, anticipa de manera absolutamente casual e inconsciente las características de este tipo de ficción. Parte de una preocupación por la labor de los científicos especializados en el campo de la física que, una vez terminada la guerra, no van a encontrar continuidad en sus investigaciones. Los avances tecnológicos y de técnicas de colaboración interdisciplinar habían sido muchos y el final de la guerra alimenta la perspectiva de un futuro pacífico en el que continuar por ese camino. Esto lleva a Bush a aventurar posibles invenciones y tecnologías del futuro, explotando esa faceta ingeniosa y creativa dónde ciencia y literatura convergen.
Vannervar Bush se encuentra entusiasmado por los avances en la miniaturización de las técnicas de microfilmado:

“Si, desde la invención de los tipos de imprenta móviles, la raza humana ha producido un archivo total, en forma de revistas, periódicos, libros, octavillas, folletos publicitarios y correspondencia equivalente a mil millones de libros, toda esa ingente cantidad de material, microfilmado, podría acarrearse en una furgoneta.”

Alentado por esta tecnología, idea dispositivos tan ingeniosos como unas gafas que sacan fotos, una cámara rápida para fotografía en seco y hasta una “máquina lógica” que “se alimentará de las instrucciones que le haga llegar una sala entera llena de señoritas armadas de teclados individuales”, y que, sin duda, “no tendrá el mismo aspecto que tienen las cajas registradoras en la actualidad, ni siquiera los modelos de líneas más modernas” . Pero su principal preocupación no es el almacenaje y reproducción de la información, sino llegar a ser capaces de consultarla. Su gran duda es ¿qué clase de aparato podría gestionar (almacenar y mostrar) esa cantidad ingente de información y qué sistema de indexación nos permitiría movernos por ella para dar con el material que nos interesa? La respuesta de Bush a esta cuestión es el Memex: un mueble del tamaño de un escritorio provisto con pantallas, palancas y un teclado en el que estuviera contenido el archivo de toda la información que su propietario fuera capaz de almacenar, microfilmada y dispuesta en compartimentos codificados a fin de poder ser accesible introduciendo el código específico de cada documento en el teclado. Mediante un sistema de proyección y ampliación de la imagen, los documentos aparecerían en las pantallas y con las palancas podríamos explorarlos página a página controlando incluso la velocidad. Con un botón especial puede visualizarse el índice del libro que se esté consultando en cualquier momento. Pero aún más interesante: podríamos añadir notas y comentarios a los documentos que consultáramos o vincular unos documentos a otros. Los “senderos de información” (como los llama Vannevar Bush) que vamos produciendo al consultar, anotar y enlazar documentos, quedan físicamente trazados, por lo que siempre podremos volver a seguir nuestros propios pasos, y con la ventaja de que un solo documento podría estar incluido en varios senderos distintos. Para rematar su ejercicio premonitorio, Bush añade que estos senderos podrían ser copiados a una película de microfilm virgen y compartidos con otros propietarios de un Memex, pudiendo ser incorporados como enlaces a sus propios senderos de información. Por supuesto la labor del enciclopedista evolucionará hacia una nueva profesión: “la de los trazadores de senderos, es decir, aquellas personas que encuentran placer en la tarea de establecer senderos de información útiles que transcurran a través de la inmensa masa del archivo común de la Humanidad”. El Memex se conduce por mecanismos asociativos, igual que la mente humana según su inventor, por lo que consiste en una verdadera extensión de nuestra memoria y de nuestro conocimiento. Llegados a este punto, y aún concediendo que la tecnología de su tiempo todavía no lo permite, el vuelo desatado de la imaginación de Bush no puede evitar dar un paso más en la fantasía y atisbar, en un futuro cercano a su tiempo, el mecanismo que permitirá conectar el Memex a los impulsos eléctricos cerebrales, para poder así controlarlo con la mente, igual que el resto de actividades intelectuales.
El documento de Vannevar Bush es tan original e imaginativo que, al igual que las novelas de Julio Verne, nunca agota su capacidad para servir de referencia a los sucesivos inventos que por diversos derroteros va ideando la humanidad. Así, en los años sesenta el Memex, con sus senderos de información a base de vínculos, constituyó la profecía del documento hipertextual concebido por Theodor Nelson, del que hablaremos inmediatamente; a finales de los años ochenta, las posibilidades del Memex para generar una red conjunta de senderos de información, parecían tomar forma en el desarrollo de la World Wide Web de Tim Berners-Lee; hoy en día existen páginas Web que se organizan a modo de comentarios en torno a determinados enlaces, donde los administradores exponen su experiencia navegadora en la Red, recordándonos vivamente al aficionado a trazar senderos que describía Vannevar Bush; muchos Web-Logs, funcionan en este sentido, con la añadidura de que el visitante puede publicar comentarios y la Wikipedia, con sus enlaces internos y externos, donde cada cual escribe y modifica a su antojo los artículos y las entradas ante el control altruista de una audiencia potencial de millones de usuarios, remite sin duda al nuevo bibliotecario imaginado por Bush. La magia de este texto reside precisamente en su gran libertad imaginativa, que ha sido capaz de proveer a la comunidad científica de inspiración conceptual durante cincuenta años, y de continuar haciéndolo.

Escritorio ideado por Vannervar Bush

Escritorio ideado por Vannervar Bush

La siguiente estación indispensable en este somero recorrido por el término “hipertexto”, es, naturalmente, su inventor: Theodore Holm Nelson. Se trata de un norteamericano nacido en 1937 del músico Ralph Nelson y la actriz Celeste Holm. Se licenció en Filosofía por la Universidad de Swarthmore en 1959 y en 1963 realizó un master en sociología en la Universidad de Harvard. En 2002 realizó su doctorado en la Universidad de Keio, Japón, donde es profesor de Environmental Information. En la actualidad también participa como profesor e investigador en la Universidad de Southampton, en el Wadham Collage de Oxford y en el Oxford Internet Institute.
Al contrario que Vannevar Bush, Ted Nelson no es un tecnólogo y nunca lo ha sido; coincidiendo con su predecesor, es un entusiasta visionario que anticipó la “idea” a la posibilidad de su realización técnica. Su “visión” queda reflejada por primera vez en su artículo A File Structure for the Complex, the Changing, and the Indeterminate, que leyó durante la vigésima conferencia anual de la Association of Computer Machinery (ACM) en 1965. Para entonces había habido grandes avances en la computerización electrónica basada en la aritmética binaria desde que en 1949 los británicos desarrollaran el EDSAC (Electronic Delay Storage Automatic Calculator), el primer embrión de ordenador tal y como lo conocemos hoy en día. Esto quiere decir que para entonces la tecnología había llegado, aunque de manera oblicua y persiguiendo otros fines, a la digitalización de la escritura. Un espacio indeterminado entre lo físico y lo virtual, entre lo real y lo ficticio, había sido creado gracias a la codificación electrónica y los programas de almacenado, y en él podía volcarse la letra. Ted Nelson lo había visto e imaginó su versión del “documento total” de “lectura no lineal” en ese espacio desde un principio.
Naturalmente, los informáticos sólo veían en la escritura digital la conexión necesaria entre el lenguaje humano y el lenguaje de la máquina que tiene lugar en la interfaz de un programa. Pero para Ted Nelson, interesado en la distribución, el almacenamiento y la consulta de documentos, la mera existencia de la escritura digital, abría un descomunal campo de posibilidades con las que el sistema analógico, sencillamente, no podía competir. Vannevar Bush, fascinado por la miniaturización del microfilm, nunca hubiera podido siquiera soñar con las dimensiones en las que trabaja el microchip y la capacidad de almacenaje de datos que ofrece. Ya estaba escrito que la informática iba a quedar vinculada por siempre a la revolución en la manera de concebir el texto.
La idea original de Ted Nelson es la de un nuevo universo textual “superior” al precedente, de ahí la etimología de su neologismo “hiper-texto”. En un primer momento define el concepto atendiendo poco a la realización práctica de él. Lo describe como un texto de lectura no secuencial, fragmentado y al que se accede a través de vínculos por asociaciones equivalentes a las que realiza el cerebro humano. Claramente, esta perspectiva continúa las tesis de Vannevar Bush a cerca de que la linealidad que se refleja en la escritura no da cuenta de los procesos mentales de que nos valemos los seres humanos para asimilar la información y que, por lo tanto, es necesario idear un sistema más adecuado de producción y recepción de documentos. Más adelante, influido por los avances en la presentación y usabilidad de las interfaces desarrollados sobre todo por el Xerox PARC , concreta más su definición de hipertexto y en su obra Literary Machines de 1981 , lo define de la siguiente manera:

“Con hipertexto, me refiero a una escritura no secuencial, a un texto que bifurca, que permite que el lector elija y que se lea mejor en una pantalla interactiva. De acuerdo con la noción popular, se trata de una serie de bloques de texto conectados entre sí por nexos, que forman diferentes itinerarios para el usuario”

Por supuesto estos fragmentos de texto podían ser también otro tipo de documentos como imágenes, sonidos o vídeo. Ted Nelson considera relevante la diferencia entre una red de textos exclusivamente compuestos de letra escrita y otra que incorpore también otro tipo de documentos en distintos formatos mediáticos, de manera que acuña también el término “hipermedia” para referirse a los hipertextos que incluyen imágenes y sonidos.
En principio parece un término útil para describir un concepto de documento más alejado todavía del texto impreso, pero como hemos dicho más arriba, la historia de una terminología no siempre responde a los imperativos axiomáticos de la lógica, sino, en muchas ocasiones, al albur de los impredecibles acontecimientos de una sociedad cuya racionalización está lingüísticamente mediada. Aquí queremos centrarnos en la historia de los términos, y lo cierto es que el término “hipermedia” no ha disfrutado de mucho éxito. Un dato ilustrador de esta situación aunque no excesivamente relevante, es el hecho de que la Real Academia de la lengua, recoja el término “hipertexto” y no “hipermedia”. La situación privilegiada que el término “texto” ha tenido para la crítica en los años sucesivos a las definiciones de Nelson, ha influido sin duda en el escaso éxito del neologismo. El “texto” a sido reverenciado como elemento básico de todo acto comunicativo y, bajo esta perspectiva, puede considerarse “texto” prácticamente cualquier cosa que signifique algo para alguien. La incorporación de imágenes y sonidos al hipertexto solo amplía la tipología de documentos que usamos para construir nuestro mensaje, pero en tanto que elemento comunicativo encaminado a la recepción significativa por parte de otros, el concepto hipermedia puede verse incluido dentro del término “hipertexto”, y así lo consideraremos en lo sucesivo.
Pero Ted Nelson no solamente fue un prolífico inventor de palabras. A él debemos, haciendo honor a la justicia, atribuirle la idea primigenia que más adelante dio lugar a la creación de la World Wide Web. El propio Tim Berners Lee, inventor técnico de la WWW, no tiene inconvenientes en reconocer la gran deuda adquirida con las investigaciones de su predecesor teórico.
La idea de Ted Nelson cobra forma en el proyecto Xanadú, un sistema de organización y almacenamiento de ficheros informáticos conectados por una red de vínculos que aspiraba a aglutinar todos los documentos escritos de la humanidad. El nombre, Xanadú, da cuenta de la vocación literaria y humanística de su autor. Hace referencia a la ciudad-palacio del emperador mongol Kubla Khan descrita en el poema del mismo nombre de Samuel Taylor Coleridge . Las reminiscencias idealistas y oníricas de este espacio maravilloso e inaprensible, se adecuan perfectamente al espíritu poético y visionario de Nelson, para quien Xanadú nunca dejó, ni ha dejado de ser, un sueño utópico largamente codiciado por la humanidad.
En El sueño de Coleridge, en Otras Inquisiciones , Borges pone de relieve la naturaleza onírica tanto del Xanadú lírico de Coleridge como del arquitectónico de Kubla Khan. En 1816 Coleridge publica a modo de glosa un comentario a su propio poema en el que relata cómo éste le fue sugerido en un sueño. Veinte años más tarde se publica un Compendio de historias de Rashid el-Din, que data del siglo XIV, dónde, según el omniscio Borges, podía leerse: “Al este de Shang-tu, Kublai Khan erigió un palacio, según un plano que había visto en un sueño y que guardaba en la memoria” . Kubla Khan sueña Xanadú y construye un castillo, Coleridge sueña casi mil años después Xanadú y escribe un poema… De esta concatenación de sueños, Borges deduce el plan trascendental de un ser inmortal para la construcción de Xanadú, y en vista de que el proyecto no esta acabado, no descarta que:

“…algún lector de Kubla Khan soñará, en una noche de la que nos separan los siglos, un mármol o una música. Ese hombre no sabrá que otro dos soñaron, quizá la serie de los sueños no tenga fin, quizá la clave esté en el último.”

Ted Nelson se convierte en el tercer soñante de Xanadú, y como en las empresas que le precedieron, su proyecto de utopía no será definitivo. Su Xanadú no se encuentra en el espacio tal y como lo entendemos los humanos, sino en una microscópica relación de impulsos eléctricos solamente comprensible a nuestros ojos a través de la interfaz. Tampoco está construido de mármoles; como en el del sueño de Coleridge, la materia prima del Xanadú de Nelson es mucho más duradera: el lenguaje, para muchos la materia prima de lo humano. Xanadú es el lugar donde convergen todos los discursos humanos hipervinculados entre sí. De nuevo la historia del término nos resulta más atrayente que la del concepto que pretendía abarcar: al origen y carácter onírico debía su suceso el término elegido por Nelson para su proyecto; más adelante, cuando la tecnología permitió llevar a cabo algo muy similar a su realización técnica, desapareció toda poesía y no se reparó ya más en Xanadú, sino en las posibilidades que ofrecía la Red para hacer dinero.
Hoy en día el proyecto Xanadú está totalmente eclipsado por el éxito de la WWW, y es difícil oír nada a cerca de él si no es en retrospectivas históricas a cerca del hipertexto como ésta. Aún así, tiene una página oficial en le Web, http://www.udanax.com, en la que se nos explica la trayectoria y filosofía del proyecto, así como se nos muestran ejemplos de cómo funcionaría el tipo de hipertexto preconizado por Nelson. Por supuesto, se trata éste de un sistema que tiende a maximizar las diferencias con respecto a la Web de Tim Berners-Lee, en un intento por salvaguardar su originalidad. Las diferencias que ofrece el sistema de Nelson son principalmente del orden del almacenamiento (En Xanadú se guarda una copia de cada documento con lo que son siempre accesibles todas las versiones del documento con todas sus modificaciones) y de la licencia de autoría (Nelson abogaba por un sistema de micro-pagos automáticos a la cuenta del autor de cada hipertexto que consultáramos), pero en la práctica, la enorme difusión de la WWW ha sido un valor que por sí solo ha desvirtuado todo intento de crítica o de modificación; la tónica general ha sido la de mejorar el sistema desde dentro con nuevas aplicaciones antes que hacerlo partir de cero con una organización distinta. No obstante, es interesante que la propuesta de Nelson tenga su continuidad aunque sea en un estado de aletargamiento indefinido, y es que quizás, en un posible futuro en el que la Web esté totalmente controlada por las corporaciones productoras y distribuidoras de sistemas informáticos y sus patrocinadores, se haga conveniente despertarla.
La aportación fundamental de Theodor Nelson a toda la teoría crítica es la de vincular la escritura digital y los enlaces al mundo de la investigación y la literatura.
El hipertexto ya tenía un nombre y empezaba a ser objeto de estudio desde muy diversos ámbitos para indagar en sus cualidades, sus potencialidades y su aplicabilidad. Internet no estaba prácticamente desarrollada por aquella época, así que el hipertexto se concebía como un documento independiente: un hipertexto se guardaba en disquetes que luego podían grabarse a un ordenador. Se accedía a su contenido a través de un ordenador y usando el consabido sistema de enlaces, pero no dejaba de ser un documento aislado. Xanadú pretendía superar esta situación creando una red más o menos grande de ordenadores, pero en los años sesenta la idea de una cultura de la letra informatizada, de un acceso diverso a la información y una nueva manera de producirla ya era suficiente para mantener ocupada a la comunidad académica. Sobre todo a la comunidad humanística, tradicionalmente tan reacia a la tecnología, para la que estos cambios ya suponían un elevado coste de asimilación. Muchos se mostraron escépticos ante el nuevo medio y algunos extremadamente entusiastas. Se insistía desde una parte en la incomodidad de la lectura en el ordenador, en el estatus superior del venerado libro… otros en cambio veían en el hipertexto la superación definitiva de la letra impresa por sus cualidades, y en la literatura el final de una era y de una manera de entender la ficción narrativa y la poesía.
La palabra nueva comenzaba a ser abusada por las guerras dialécticas y las distintas corrientes interpretativas para tratar de imponerle el concepto al que refería.
Las aportaciones fundamentales que tuvieron lugar en los años sucesivos a los primeros trabajos de Nelson en cuanto al Hipertexto en los años setenta y ochenta, pueden dividirse grosso modo en dos frentes: el de los tecnólogos y el de los humanistas.

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